Un sonido me perturba. Inmediatamente el diálogo entre mis circuitos cesa. Los ojos ya no proyectan rojo láser. Absorben luz. Observo la transformación de mis dedos sobre el teclado. Pasan de metal articulado a carne y hueso.
Soy una espía. Soy más que eso. Soy una presencia transparente arrastrándome por las redes sociales. Encuentro todo. La familia que mi ahora ex marido mantenía en paralelo. Las transas que mi ahora ex socia jugaba en el negocio…
Hay gente que para sobrevivir necesita de sexo. A mí lo que me enciende es una tableta, una conexión de internet. Con eso, las células se vuelven circuitos, el corazón servidor y mi atención, usualmente dispersa, se enfoca como láser.
Nada me detiene. Ni el paso de día a noche a amanecer.
Ni el cuello que se endurece frente a la pantalla. Tres cirugías después, y no corrige.
Pero a mi nuevo marido se le levanta el plumaje.
—Hola amor. —Le doy los buenos días.
—¿Cómo dormiste? —No me pregunta si dormí bien. Es un reclamo disfrazado.
—Muy bien. —Contesto.
Una mentirita blanca. Me sale en automático. Aunque lo arenoso de los ojos y los estruendos del cuello prueban lo contrario.
Cuando mi amiga Clara me invita a entrar a su club, digo que sí. No por interés. Más por la casa que por mí. El truco —claro que todo tiene truco— es que no es un simple club. Es un estudio para envejecer responsablemente. Por supuesto miento cuando me preguntan si paso más de tres horas al día frente a la pantalla y en mi promedio de pasos. Llego mucho más fácilmente a las diez mil mentiras que a los diez mil pasos.
Como parte del estudio te analizan no sólo la sangre, el porcentaje de grasa y la declinación cognitiva. También te estudian los genes. Fascinante. Me urge ver el resultado.
Mi marido ya en camino al trabajo. Y yo sigo en Facebook haciendo lo mío.
Un correo entra. Lo veo de reojo —Centro de Investigación para Adultos Mayores.
Inmediatamente selecciono el correo.
Asunto: Tus resultados de ADN ya están listos.
Nada como recibir información. El sonido eléctrico del sistema en atención me ensordece. Mis ojos rastrean la información.
Hola,
Tus resultados ya están disponibles en tu cuenta.
A continuación, te compartimos un resumen de los hallazgos más relevantes:
Ascendencia estimada:
52.3% Europa del Sur. 21.7% Europa del Este. 13.9% Medio Oriente. 8.1% Norte de África.
Rasgos genéticos destacados:
Probabilidad alta de tolerancia a la lactosa. Variantes asociadas con percepción intensificada de sabores amargos. Mayor predisposición a sueño ligero.
Suelto la carcajada.
—No, ¿de veras?
Coincidencias de ADN (Familiares):
Hemos identificado 18 coincidencias genéticas de tercer grado o más lejanas. Adicionalmente, hemos encontrado una coincidencia genética cercana que no estaba previamente registrada en tu árbol familiar: Relación estimada: Medio hermano / Media hermana
Se me corta la respiración. El espasmo del estómago me llena la boca de bilis.
Nivel de coincidencia de ADN:
24.8% compartido. Segmentos compartidos: 1,732 cM.
Esta coincidencia indica que comparten uno de sus progenitores biológicos.
Se me traba la quijada. Se me borra la mirada. Por un segundo me paralizo. Luego sigo leyendo.
La persona ha optado por permitir el contacto. Puedes ver más detalles o enviar un mensaje desde tu panel de coincidencias.
El sistema completo entra en modo ataque. Abro el panel de contacto. Los dedos se quedan suspendidos sobre el teclado. La adrenalina, circulando en infinito.
Retiro las manos del teclado. Pancho lo siente. Escucho sus uñas en la madera antes de sentir el hocico en mi pierna. No pide caricia. Presiona para reafirmar. Le acaricio la cabeza, agradecida. Abro el cajón y tomo uno de los chocolates que guardo para emergencias.
Apenas se derrite la amargura acidulada, los sistemas se reinician.
Ahora sí. Las falanges mecánicas vuelan sobre el teclado.
Inmediatamente contacto al susodicho. Con seguridad y filo por debajo. Dulzura y empatía por encima, inicio el contacto. La historia se genera instantáneamente. Invento un nombre y le suelto la historia. La intercambio por el suyo.
—Coincidencia genética de tercer grado. —Escribo en el panel de coincidencias.
Obtengo el nombre. No me doy cuenta de mis carcajadas hasta que despierta Pancho dormido a mis pies.
Cierro la pestaña. Enfoco mi mirada en la foto de mi padre. Todo seriedad comandante.
—¿Papá?
Enjugo lágrimas y me transformo en transparencia letal. Abro Facebook.
Me arrastro, invisible, hasta su página del perfil.
Javier López.
Saboreo el sabotaje mientras la página carga lentamente. Voy a demostrar que entre nosotros no hay nada.
Y entonces, la imagen aparece.
Me paraliza.
Un par de orejas gigantes cuelgan a ambos lados de su cara; Son las mismas que le compraron una infancia de burlas a mi hermano y a mi padre el apodo de ‘Chorejas’ entre sus colegas. Exactamente esas.
Siento un latigazo que me sube desde los pies y se me instala en la lengua.
De golpe cierro la pestaña. El cristal negro de la tablet me devuelve mi propio reflejo, desajustado. Justo en ese momento, el iPad vibra. Es mi hermano en FaceTime; hoy revisamos el testamento de papá.
Me aliso los cabellos y me deshago de la máscara de espía.
—¿Qué hay de nuevo? —me saluda.
—Aquí todo bien. —Le contesto con sonrisa y una voz que casi desconozco.
—Comiéndome un chocolate.


