I El derecho al desamparo
La ausencia de la luna aprieta más que el calor opresivo de la penumbra; el silencio ensordece. En este desierto solo se mueve el columpio en el que me mezo.
Voy, y en mis pies flacos se arremolina la soledad.
Vengo, y sobre mis pantalones desaliñados se enreda el abuso.
Voy, y desde mis zapatos empolvados se abalanza el desamparo.
Esa mañana me la pasé escondido en la jardinera, justo bajo la ventana de la sala de la casa de mis tíos —la casa en donde crecí encerrado en un armario, en donde nunca fui un igual—. Me urgía escuchar lo que nunca llegó; noticias del otro mundo.
El mío.
O el que pensé mío.
Al que casi le regalo la vida.
Y ahora…
Ahora, me ignora.
Una sensación eléctrica me roza la conciencia. Detengo el columpio. Levanto la mirada y noto, a lo lejos, la sombra enorme de mi primo y sus secuaces regresando de su cacería nocturna. Reconozco su bamboleo de gigante idiota. Sus risas son un mensaje en clave morse que me eriza la piel.
Cuentan una más de sus triunfales confrontaciones. Otro menor aterrorizado a golpes. Un paso más en su formación como aprendiz de abusador.
Y sus padres —mis tíos, mis «adultos responsables»— una vez más taparán el sol con un dedo; enfocarán su energía en halagarlo y, al mismo tiempo, agregarán otro barandal a esta jaula que me apresa.
Mi estómago cóncavo se queja. Y mi mente de niño adulto acumula una raya más en la cuenta de supervivencia.
Los dejo adelantarse. No quiero toparme con ellos.
Me levanto del columpio y tomo la ruta larga a casa. Pero, a pesar de mis esfuerzos, no camino lo suficientemente despacio y los alcanzo. No desperdicio un segundo. Y, en defensa, inicio el ataque.
Resalto lo inútil de sus triunfos.
Lo tiento.
Lo reto.
Lo llamo a que aviente su peso sobre mí.
Y luego, cuando la inercia no tiene remedio, lo amenazo con lo que más teme: la pequeña vara de madera que llevo escondida en mi bolsillo.
Justo cuando caemos al piso, justo cuando la segunda carcajada va a brotar de mi boca, el mundo se congela. El frío repentino apaga las farolas, drena la poca felicidad que me queda e introduce una presencia que reconozco de inmediato: el mal.
No hay tiempo, y la injusticia de la situación casi me paraliza. Por más que mi deseo sea el de alinearme, hay que desafiar todas las reglas. Las de esta realidad y las de la otra. Una sensación de deber me mueve más allá de los agravios y el abandono de ambos mundos.
Con la desesperación que trae una amenaza de muerte, junto toda la fuerza de mi cuerpo y mi mente y la enfoco en la punta de mi vara de madera. Dos intentos fallidos, pero el instinto por salvar gente me empuja más allá de mis fuerzas de adolescente enclenque. Y extingo el mal, justo antes de que apoye su boca en la boca de mi primo; justo antes de que consume ese aterrorizante beso en reversa que habría de absorber su alma.
Así, salvando a mi primo y a mi mundo, me gano el castigo: confinamiento solitario. Y detrás de las rejas invisibles, el cuerpo me lo recuerda:
—Solo.
—Siempre.
II La nobleza de la distancia
Una carcajada retumba en el hueco de mi mente. Es un eco lejano que serpentea por el pasillo de mis sueños.
La risa sibilante se aproxima rebotando en las paredes carcomidas de mi cráneo y violenta mis tímpanos.
Bajo el acorde estruendoso, mi nombre se asoma. Un susurro apenas. Un hilo salvavidas del que me aferro.
Estoy en el internado. Colapsado en el piso de mi dormitorio. Vociferando una risa ajena. Mi amigo, angustiado, sostiene mi cabeza.
Me ayuda a levantarme y me acompaña hasta mi cama. Me desvanezco sobre ella. Con gran preocupación cierra las cortinas de terciopelo rojo y me deja.
Puedo escuchar las risas alegres de mis compañeros subir por la escalera de caracol. De seguro que los gemelos están haciendo de las suyas. Las carcajadas me rodean y le dan otro golpe al alma.
—Solo.
—Siempre.
Otra risa amenaza brotar. Esta sí es mía. Un reflejo absurdo ante la ironía de mi vida: nadie quiere cargar conmigo. Pero mi mente carga con todo.
Es un túnel de acceso que desde su mundo oscuro viene cavando el mal. Ya lo ha transitado. Lo piensa volver suyo.
Por un segundo mi vista se nubla; cuando regresa, vuelvo a ver el internado, el bosque que lo rodea.
En el bosque, aparezco.
No.
No soy yo.
Es mi padre.
Casi sonrío, pero entonces llega la escena temida en donde mi héroe pierde la cara. En donde mi padre se revela un abusador…
Cambia la escena y me deposita en la reciente cena de Navidad. Veo a mi padrino apresurando un paquete en mi mano. El mismo que enterré en el baúl.
Un temblor inesperado me trae de regreso. Un calambre sacude mis piernas. Una fuerza parece jalarlas hacia los pies de la cama. Una promesa de compañía flota desde el baúl. Insinúa alivio, apoyo.
—Úsame.
Pero las manos se aferran a la sobrecama afelpada. Me detienen.
—No.
La advertencia se cuela desde las cavernas profundas de mi mente.
Y con tristeza asiento con la cabeza. Los músculos del cuello protestan contra el movimiento. Saben —sabemos— que mi compañía es un peligro. Que mi padrino está más seguro sin mí.
—Solo.
—Siempre.
III El espejismo de la fortaleza
Me giro en la cama. Busco reconfortarme, pero la frente me quema. El pulso entre mis cejas me ciega. La cortina roja se desvanece.
En mi ceguera, recorro apesadumbrado las cavernas de mi memoria.
Escoba en mano, barro un polvo eterno. Recorro y barro hasta que un túnel inesperado me arroja de golpe a mi clase privada de unas horas antes. La que me dejó inerte en el piso del dormitorio.
Me ordenaron tomarla. Solo a mí.
—Es inminente —justificaron.
—Para que domines el arte de cerrar tu mente.
Y la ironía crece.
El maestro es a quien más temo.
Con él combato una batalla heredada de mi padre.
Y es él el único que me puede entrenar para cumplir con esa responsabilidad que solo yo soporto: salvar nuestro mundo.
Mi figura enclenque frente a su presencia imponente me hace tiritar. Me convenzo de que es el frío del sótano oscuro en el que me encuentro. O quizá miedo. Entre el zumbido de la sangre apresurada escucho apenas las instrucciones.
La arremetida llega antes de que logre comprenderlas.
Seres ajenos invaden los huecos profundos de mi mente y extraen sus tesoros como mineros ladrones. Dejando, en su lugar, tributos de plomo.
Dos veces me desvanecí en el intento de detener los ataques. Dos veces las ondas burlonas de su desprecio me penetraron.
—No tengo talento para este arte.
Un suspiro tembloroso me trajo de regreso a la cama. Las respiraciones rítmicas de mis compañeros de cuarto me aseguran que es de noche. Quiero entregarme al descanso como ellos. Me giro y respiro profundo.
Entonces, una ráfaga inesperada me arranca de la cama y me conduce al baúl. Algo en su interior me llama.
—Yo te ayudo.
Lo abro y remuevo, silencioso, su contenido. La promesa viene del fondo. Estiro la mano derecha; casi toco el paquete mal envuelto. El consuelo flota desde ahí, del regalo navideño que mi padrino me había entregado con una prisa que entonces no entendí.
Pero unos ojos negros, severos, surgen de la memoria oscura y me congelan los dedos.
—Barre tu mente de toda emoción.
Contra mi voluntad, regreso a la cama y lo intento. Tenso el cuerpo. Aprieto la mandíbula y exprimo los músculos. Procuro alcanzar cada hueco. Me esfuerzo en barrer la mente. Tiemblo. Quizá del frío del sudor evaporándose de mi pijama empapada. O quizá por el recuerdo de los tributos de plomo.
Una palpitación me interrumpe y obliga a mis ojos a posarse de vuelta en el baúl aún abierto. El alivio que promete insiste desde ahí dentro.
Pero aparto la mirada.
—Hay obligaciones que nos corresponden solo a nosotros.
Siempre.
IV El triunfo de la herencia
En mis oídos se dibuja un mural de sonidos dispares: cubiertos golpeando platos, conversaciones incompletas, risas. Toda la gama de sonidos que enriquecen el desayuno en el Gran Comedor del internado.
Por encima del cuchicheo entusiasmado, el sonido inconfundible de alas al vuelo irrumpe. Y del techo desciende, flotando, el correo.
El periódico del día cae directo en las manos de mi vecina de la derecha.
Lee por un segundo y su sonrisa se desdibuja. Voltea hacia mí y su mirada cincela un mensaje en mis ojos. Algo está mal. A mi izquierda, mi amigo también lo percibe.
Con un abrazo de equipo, nos aislamos del resto del mundo y nos devoramos el periódico que mi amiga sostiene.
Nuestras quijadas se desencajan y cuelgan abiertas. El desayuno, un recuerdo del pasado.
El encabezado lo grita:
FUGA MASIVA — diez presos se escapan de la cárcel de alta seguridad.
Sospechamos que el escape fue organizado por alguien con experiencia personal —el notorio asesino en masa, primo de una de las fugadas.
Leo el artículo completo tres veces.
Mienten.
Y la injusticia de las palabras impresas me deja sin aliento. Me exprime el ánimo como el aire expulsado de un pulmón herido.
Mi padrino. El notorio asesino del que hablan. El prófugo de renombre. El genio que presuntamente organizó esta fuga no organizó nada. Lleva meses encerrado, prisionero de su propia casa.
Y, a pesar de eso, los dirigentes lo culpan de esta fuga, ignorando lo que verdaderamente representa. Una señal más de que el mal va ganando terreno.
Un dolor intenso me estremece. El ruido se desvanece. Una fuerza desesperada me empuja por los laberintos de mi memoria. Recorro cada recoveco hasta que siento la presencia desesperada de mi padrino. Abraza el paquete que me regaló. Mis piernas reaccionan primero. Se enfilan hacia el dormitorio. Quieren correr. Mis manos también me impulsan. Quieren desenterrar el paquete del baúl. Necesitan desenvolverlo.
Un coro de susurros me extrae de mi cabeza. Sigo en el Gran Comedor. Me rodean centenares de ojos. Mis amigos, a ambos lados de mí, notan la intención de mi cuerpo. Esperan que yo ayude a mi padrino.
Pero un vacío añejo se filtra por mis poros y debilita mi cuerpo. Permanezco sentado hasta que los demás se levantan.
—Solo.
—Siempre.
El personaje es Harry Potter en La Orden del Fénix, en el momento en que elige no abrir el espejo que Sirius le regaló —el único objeto que habría podido salvarlo todo.


